La peligrosa bipolaridad del sistema

Las denuncias que han quedado flotando en el aire después de las marchas de los estudiantes y de algunas organizaciones sociales han dejado al desnudo la peligrosa patología que sufre todo el sistema político y sus instituciones: la bipolaridad.

El sistema ha particionado su actuar como una manera de tener controlado los accesos y las salidas. Pero por sobre todo, sus ingresos. Veamos lo que sucede en la educación superior. Por una parte, se castiga el lucro según las leyes y, por otra, se permite, usando las trampas que traen aparejada la legislación. Sólo por decir un ejemplo de los más gráficos.

Pero estas tramas no son causales. Son una parte esencial del modelo, un recurso sin el cual las cosas no funcionan, el componente central de su lógica.

En el caso de la educación, el sistema fue dotado de un sinnúmero de redes ligadas a los más poderosos de país, cuyo tejido de empresas y personajes aún sigue sin procesamiento, a pesar de violar la ley, y que la Cámara de Diputados ya ha demostrado que el escándalo es de proporciones gigantescas.

Caso similar es el del agua. En vastas zonas escasea peligrosamente, sin embargo, violando las leyes que ellos mismos impulsaron, políticos–empresarios la roban en la más perfecta impunidad para el regadío de sus plantaciones, mientras la gente común debe hacer malabares para pagar su consumo.

El sistema se llena la boca con el estado de derecho. Pero no titubea en hacer pie en las leyes para denostar y reprimir a quien intente reclamar por sus derechos. Abomina de la violencia que grupos encapuchados aplican en las manifestaciones. Se levantan como los paladines de la ley y el orden. Sin embargo, la violación sistemática de los derechos humanos en el caso de las comunidades mapuches viene instalándose como política de Estado que justifica el asesinato de jóvenes mapuche y el criminal maltrato a niños, mujeres y ancianos. La misma política que justifica y avala la cobarde represión al reclamo justo de los pescadores artesanales de todo el país.

Gente por un mísero quiosco de frutas paga cien mil pesos por su patente. Cadenas gigantes de supermercados pagan menos de mil. Acoso al pequeño comerciante por la fiscalización de Impuesto Internos y perdonazo de ciento cincuenta millones de dólares en el caso de la tienda Jonhson’s. Alardes por salvaguardar el medio ambiente y concesiones salmoneras que en breve destruirán los fondos marinos y los ecosistemas cercanos.

En nuestra ciudad la patología del sistema se expresa de la mejor manera. Los artesanos del Paseo 21 de Mayo pagan más dinero en patentes municipales que el Terminal Pacífico Sur, el tercer frente de atraque del cono sur y que mueve 9,6 millones de toneladas.

La bipolaridad política es una enfermedad peligrosa, más aún si se tiene el poder. Todo el poder.

Un país en manos de gente con su mente trastocada por la codicia, no puede ser sano. Como tampoco lo es si quienes son avasallados a diario por la locura de la ganancia de los poderosos, por la represión de sus brazos armados, por la mentira y la manipulación de quienes han hecho del abuso del poder su forma de vida, y no hacen nada para cambiar de manos ese poder, que finalmente, reside en la capacidad de actuar unidos frente a los enemigos comunes.

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